Parapente en Cusco

Es difíil creer que en tan sólo unos días, aquel Gran Imperio Inka fue derrotado por los invasores. Aquel Imperio que poseí­a el poder de casi toda América del Sur, aquel Imperio que heredó a sus hijos ese coraje y el alma invencible.

Hoy, podemos apreciar ese Imperio, físicamente disminuido pero místicamente intacto. Aún hoy podemos sentir la libertad del cóndor en el corazón de los Andes, como lo hacían aquellos hombres. Aún hoy, podemos ver ese mundo al que ellos consideraban sagrado, y que mejor; podemos ver ese grandioso mundo como lo hacen los dioses del Olimpo, como lo hace Zeus, sentado en aquel trono, como lo hace nuestro Dios omnisciente.
Ahora entiendo porque las aves vuelan tan soberbias sobre nosotros, ahora entiendo porque todo hombre en algún momento de su vida levanta la mirada y la apunta hacia el infinito, ahora entiendo porqué aquel gran hombre llamado Leonardo da Vinci soñaba con hacer lo que estos seres plumíferos hacen.
Y después de tanto tiempo, hoy sí­ se puede decir que uno puede venir a Cusco y sentir el Imperio como lo era. Hoy podemos decir que Perú es esto y mucho más…

Hoy, podemos volar…

El alto vuelo sigo
con mis manos:
honor del cielo, el pájaro
atraviesa
la transparencia, sin manchar el dí­a.

Cruza el oeste palpitando y sube
por cada grada hasta el desnudo azul
todo el cielo es su torre
y limpia el mundo con su movimiento.

Aunque el ave violenta
busque sangre en la rosa del espacio
aquí está su estructura:
flecha y flor es el pájaro en su vuelo
y en la luz se reúnen
sus alas con el aire y la pureza.

Oh plumas destinadas
no al árbol, ni a la hierba, ni al
combate,
ni a la atroz superficie,
ni al taller sudoroso,
sino a la dirección y a la conquista
de un fruto transparente!

El baile de la altura
con los trajes nevados
de la gaviota, del petrel, celebro,
como si yo estuviera
perpetuamente entre los invitados:
tomo parte
en la velocidad y en el reposo,
en la pausa y la prisa de la nieve.

Y lo que vuela en mí­ se manifiesta
en la ecuación errante de sus alas.

Oh viento junto al férreo
vuelo del cóndor negro, por la bruma!
Silbante viento que traspuso el héroe
y su degolladora cimitarra:
tú guardas el contacto
del duro vuelo como una armadura
y en el cielo repites su amenaza
hasta que todo vuelve a ser azul.

Vuelo de la saeta
que es la misión de cada golondrina,
vuelo del ruiseñor con su sonata
y de la cacatúa y su ataño!

Vuelan en un cristal los colibrí­es
conmoviendo esmeraldas encendidas
y la perdiz sacude
el alma verde
de la menta volando en el rocío.

Yo que aprendí­a volar, con cada vuelo
de profesores puros
en el bosque, en el mar, en las
quebradas,
de espaldas en la arena
o en los sueños.
me quedó aquí, amarrado
a las raí­ces,
a la madre magnética, a la tierra,
mintiéndome a mí mismo
y volando
solo dentro de mí,
solo y a oscuras.

Muere la planta y otra vez se entierra,
vuelven los pies del hombre al
territorio,
sólo las alas huyen de la muerte.

El mundo es una esfera de cristal,
el hombre anda perdido si no vuela
no puede comprender la transparencia.

Por eso yo profeso
la claridad que nunca se detuvo
y aprendí­ de las aves
la sedienta esperanza,
la certidumbre y la verdad del vuelo.

Pablo Neruda